lunes, 9 de febrero de 2009

Conversación en el banco

Mónica busca un banco en mitad del parque, se sienta y abre el libro que la tiene enganchada estos últimos días. Pasados unos minutos, una joven de edad similar se sienta a su lado, saca el teléfono móvil y comienza a leer un mensaje. Mónica aparca el libro a un lado y saca de su bolsillo un paquete de tabaco y un mechero. Extrae un cigarrillo y antes de encenderlo y mira vacilante a la desconocida, que sigue con el móvil en mano.

- ¿Fumas?
- No… no, gracias. Lo dejé hace unas semanas. – Contesta con la cabeza fija en la pantalla del móvil, pero con la mirada más bien perdida.
- ¿Por qué? – Mientras, se enciende el pitillo y comienza a fumárselo.
- Es malo para la salud. Mata. No me gustan las cosas que me puedan perjudicar. Ni a mí, ni a los demás. – Por fin levanta la cara y mira a los ojos de su interlocutora. Tiene los párpados rojizos; parece haber estado llorando.
- Ah… Eh… Si no es indiscreción… ¿puedo preguntarte si bebes?
- A veces. Pero muy poco, lo típico: una caña y un cubata los sábados. No me gusta abusar. También es malo.

La chica retira la mirada y guarda silencio. Vuelve la cabeza hacia el móvil, lo mira unos instantes, se lo guarda en el bolsillo y gira el cuerpo para hablar más cómodamente con la otra chica.

- Ya veo… (añade Mónica) Una cosa más: ¿te gusta andar?
- (Extrañada por la pregunta) Sí, me encanta. Me relaja. Y es bueno para la salud.
- ¿Y no has pensado que también te puede matar?
- ¿Cómo?
- Veamos… Un día sales de casa dispuesta a dar una vuelta, ir de compras, o a lo que sea. Te dispones a cruzar un paso para peatones pero vas despistada y no te fijas en un conductor, tan despistado como tú, que se salta un semáforo en rojo y… el resto te lo imaginas. Tan mortal como un cáncer de pulmón, o como una cirrosis. Incluso más fulminante.
- Ya, pero… no es lo mismo.
- ¿Y se puede saber por qué? – Mónica va apurando poco a poco el cigarro. Clava su mirada en la de la otra joven y espera una contestación.
- Tú te buscas morir por fumar en exceso, o por beber de una forma irresponsable. Pero un accidente como el que has descrito… no sé, no es igual, no has tenido tú sola la culpa como en los primeros casos. El peso ha recaído también sobre otra persona.
- Eres una ingenua – Da la última calada al cigarro, lo tira, lo pisotea, coge el libro y retoma la lectura donde la dejó.

Su acompañante se queda perpleja por uno instantes. ¿Cómo puede juzgarla tan pronto, si no la ha visto en su vida? Rápidamente, le toma la mano y le cierra el libro.

- ¿Qué se supone que haces? – Le dice Mónica, molesta por la interrupción.
- No puedes llamarme ingenua y quedarte como si nada. ¿Por qué lo soy? ¿A santo de qué todas estas preguntas sin siquiera conocerme? Cuál es tu supuesta “teoría” sobre lo que me has dicho?
- ¿Quieres saber mi secreto, o mi “teoría”, como tú lo llamas? Es muy sencilla, y no me importa “revelártela”: yo fumo, yo bebo, yo camino (menos de lo que debería), yo leo, yo hago el amor, yo trabajo, yo voy al cine, yo viajo, yo conduzco, yo me río hasta llorar, yo como hasta saciarme, yo deseo, yo canto, yo dibujo, yo siento, yo vivo... Hago todo lo que quiero sin pensar en si es malo o bueno. Sólo lo hago porque me apetece, porque me siento bien con eso, porque lo disfruto, porque me hace feliz. Puede que me perjudique, puede que quizá en algo moleste a otros, pero por otro lado todo eso y muchas cosas más me hacen sentir viva. ¿Sabes cuántas vidas tenemos? Venga, dímelo.
- Una. No sé ni para qué me lo preguntas…
- Pues porque parece que ni siquiera lo sabes. Tú lo has dicho: tenemos una vida. ¿Crees que merece la pena malgastarla angustiándonos por cosas insignificantes? ¿O perdiendo el tiempo pensando en que tal cosa es mala, esta otra es buena, si como esto engordo, si digo esto me van a mirar mal, bla, bla, bla, bla…? A mí no me apetece gastar mis días siendo una infeliz. No; yo quiero aprovechar cada minuto, cada segundo haciendo lo que quiero, lo que me llena, y haciendo feliz a quien esté a mi lado y realmente se lo merezca. Y a mí me apetecía hoy decírtelo a ti porque he visto tus ojos. Y viendo tus ojos te he visto por dentro. Has llorado, ¿a que sí?

Mónica parece haber tocado el punto débil de la otra chica. Su anónima acompañante vuelve a quedarse muda por unos instantes.

- Sí… - la mirada se le pierde de nuevo; parece recordar por lo que había ido sola al parque.
- Me lo puedes contar, si quieres.
- Me ha dejado. Mi novio, digo. Parece ser que no era lo suficientemente buena para él. Ha encontrado a otra. – una lágrima comienza a resbalar por su mejilla.
- Si me permites una observación, lo que has dicho en realidad está al revés. Yo creo que él no era lo suficientemente bueno para ti. Si se ha ido con otra, era porque tal vez no era demasiado “bueno” como para valorarte; quizá necesitaba a una chica más fácil de manejar, más vacía de sesera, alguien con quien sentirse superior. Eso es que no llegaba a tu altura. ¿No lo has visto así?
- (La otra joven se saca un pañuelo del bolsillo y se seca las lágrimas. Mira a Mónica y sonríe débilmente) ¿Es que siempre tienes palabras para todo?
- No; sólo tengo palabras para quien las merece. Y hoy tú has sido la afortunada. Me has pillado de buen humor. Por cierto, me llamo Mónica.
- Yo Carla (se estrechan las manos con dulzura). No sé cómo agradecértelo… el que me hayas escuchado… los consejos…
- No me tienes que agradecer nada; los consejos te los has dado tú sola. Yo sólo he dicho unas cuantas frases que a ti te han parecido coherentes. Luego has captado el mensaje que has querido y has aprendido algo bueno (o eso espero) de él. Pero todo eso lo has hecho por ti misma. – Mira el reloj y después al cielo. Está cubierto por una densa capa de nubes grisáceas. – Me encantaría seguir leyendo o hablando contigo, pero el tiempo me lo va a impedir. Me voy a casa y acabo unos trabajos que tengo entre manos. – En ese momento comienzan a caer unas finísimas gotas de lluvia. Ambas se ponen en pie.
- Yo no tengo nada que hacer… Las dos horas diarias de quedada con el novio se han convertido en dos horas libres. Así que me voy a tomar un café a un buen sitio que está aquí al lado y a seguir reflexionando sobre esos consejos que me has dad… que me he dado. Si no te importa, ¿mañana aquí a la misma hora?
- Sí… Pero… (duda un momento) Mira, mejor cambio de planes ahora. El trabajo puede esperar. Me voy contigo a por un café. No tengo paraguas y con lo lejos que está mi casa me pondría perdida de agua a mitad de camino.
- Pues vámonos antes de mojarnos más. ¿Sabes qué?
- Dime…
- Es un ingenuo.


Foto: En el banco, Lauritxu 2008 ©

7 comentarios:

Krys y Javi dijo...

Bueno, ya sabes qué opino. Me gusta :)

krys dijo...

Uish, era yo :P

Silvia dijo...

Me ha encantado este relato!

Eres una narradora buenísima.

Besos...

...Silvia...

maalexandra dijo...

tu dibujas?
me parece que le has hablado duro a la chica.

besos.

maalexandra dijo...

me gustaria ver tu trabajo entonces. claro, si se puede.

besos.

Luchida dijo...

Vaya, buena dosis de optimismo!! Sí, sin duda xD

Andrea dijo...

Jaja! me encantan las pelis y como tu dices en ''el lado derecho'' tengo alguns frases de las que más me gustan. Además, tengo el texto de LHDP porque no puedo vivir sin ellos, soy una loca de esa serie. Bueno, no sabía muy bien si firmarte en este o en el de tu ''vida universiaria'' pero lo haré en este mismo, aunque a partir de ahora, me pasaré por ambos :). Un beso !!

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