viernes, 12 de septiembre de 2008

... tardes de otoño

(...) Gabri remueve despacio su café y el vaho que desprende la taza empaña sus gafas. Saca la cucharilla, la chupa y comprueba que aún está demasiado caliente. Con los dedos índice y pulgar de ambas manos dobla un poquito la cuchara y compara la debilidad del metal con la de su carácter.
Se recoge un mechón de pelo por detrás de la oreja y saca su teléfono móvil. "Esta mujer nunca es puntual. Lleva cinco minutos de retraso", piensa mientras envía un mensaje a su amiga Mónica.
Mañana Gabri se marcha a la universidad y quiere despedirse de ella. Sabe que su vida va a cambiar (a pesar de lo que digan sus otras compañeras) y quiere dejar un testigo de su "antiguo yo" en la ciudad que deja atrás. Pensó que Mónica era la persona ideal con la que compartir sus últimas palabras; nunca le había fallado, siempre había estado a su lado tanto en los momentos alegres como en los tristes. Y ahora necesitaba decirle algo urgente.
Al rato, suena un mensaje en el móvil. "Ops!Srry.S m hbía olvdado q hbiams qdado.Spram,llgo n 15 mnuts aprox.Bs"
Gabri suspira resignada. Con aire cansado, coge la taza y da un sorbito. Está ardiendo, pero casi ni lo nota de lo enfadada que está. "No, si al final te acaba dando la puñalada todo el mundo. Esto me pasa por fiarme tanto de la gente. Qué inocente soy..." Al terminar la frase, Mónica aparece al doblar una esquina y con una amplia sonrisa se acerca con paso decidido a la mesa donde le espera Gabri y un té con leche humeante.

- Perdón por el retraso. Estoy segura de que ahora mismo estarías maldiciéndome. ¿Cómo me iba a olvidar de esta última cita? Me estaba secando el pelo y por eso he tardado. Si no fueras tan puntual...
- ¡Desde luego, cómo eres! No vuelvas a hacer que me cabree por estas tonterías; sabes de sobra que odio la impuntualidad.
- Y yo odio que no sonrías cuando estoy contigo, así que cambia esa cara. ¿Qué era lo que me tenías que contar? (...)

Foto de Trasancos. Web: http://www.flickr.com/photos/82234973@N00/2558420768/



1 comentario:

Óscar dijo...

Quizás que la ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante.

Que la felicidad es el rojo de unos rotuladores o pensar que la vida es una alfombra de Aladino...

Un abrazo.

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